¿Decrecimiento?

A lo largo de la historia y a lo ancho del planeta, los seres humanos nos hemos relacionado con nuestro entorno y entre nosotros de múltiples formas. Sin embargo, una sola de estas formas, la del capitalismo que persigue un crecimiento infinito, se ha impuesto y prevalece sobre las demás en el mundo actual, poniendo en jaque al planeta y a nuestra especie. Al tiempo que los geólogos proclaman la inauguración de una nueva era geológica marcada por el impacto del ser humano, el Antropoceno, muchos analistas hablan del Capitaloceno y el fin de una era histórica, en la que la desestabilización de los sistemas planetarios hará que los sistemas de crecimiento se hagan inviables.

La humanidad se enfrenta en esta década a la necesidad de actuar y tomar decisiones cruciales que determinarán el futuro del sistema Tierra y de nuestras sociedades. Algunas de las respuestas políticas que están surgiendo para supuestamente hacer frente a esta crisis son igualmente aterradoras: desde el neoextractivismo, pasando por el ecofascismo, hasta la austeridad neoliberal o la autoritaria, son opciones que, además de no ir a la raíz del problema, suponen dejar atrás a mucha gente y alejarnos de un modelo de sociedad democrático, cooperativo, solidario, inclusivo y sostenible.

El único camino posible y deseable que entendemos viable para hacer frente a la crisis sistémica a la que nos enfrentamos es repartir lo que tenemos para que todos y todas podamos vivir bien, pero dentro de los límites. A la aplicación de este marco de pensamiento en el Norte global la llamamos decrecimiento.

Dado que vivimos en un planeta con recursos finitos, es obvio que no tiene sentido la búsqueda infinita de crecimiento económico que persiguen nuestras economías, y que se nutre de la explotación sin límites de dichos recursos. Con un crecimiento anual del 3 %, por ejemplo, la economía se duplicaría en veinticuatro años, se cuadriplicaría en cuarenta y ocho, y crecería dieciséis veces en un siglo. Esto se llama crecimiento compuesto y se despliega en progresión geométrica. Pero es que, además, resulta ilusorio: la base monetaria mundial es simplemente un conjunto de números que crecen fuera de control.

Dado que vivimos en un planeta con recursos finitos, es obvio que no tiene sentido la búsqueda infinita de crecimiento económico que persiguen nuestras economías, y que se nutre de la explotación sin límites de dichos recursos. Con un crecimiento anual del 3 %, por ejemplo, la economía se duplicaría en veinticuatro años, se cuadriplicaría en cuarenta y ocho, y crecería dieciséis veces en un siglo. Esto se llama crecimiento compuesto y se despliega en progresión geométrica. Pero es que, además, resulta ilusorio: la base monetaria mundial es simplemente un conjunto de números que crecen fuera de control.

El decrecimiento aboga por la abolición del crecimiento económico como objetivo de las sociedades, y plantea un proceso de transición hacia otro sistema socioeconómico donde la disminución del PIB sea sostenible desde el punto de vista social y ambiental. El decrecimiento puede definirse, por tanto, como el proceso de reorganización económica, política y social que tiene como objetivo la reducción drástica de la producción y el consumo de energía y materiales, al mismo tiempo que se mejora la calidad de vida de las personas. Para ello, necesitamos comenzar a crear, cuanto antes, un futuro en el que las necesidades humanas se satisfagan con una fracción de la energía que utilizan actualmente las naciones industriales, y en el que el progreso, la felicidad, el bienestar o la idea de «vida buena» se desvinculen del crecimiento económico.

Una sociedad de decrecimiento se organizará y vivirá de forma diferente a la actual: se transformarán las actividades económicas, las formas y los usos de la energía, las relaciones sociales, los roles de género, la distribución del tiempo destinado al trabajo remunerado y no remunerado, así como las relaciones con el mundo no humano. Se trata de un proyecto que aboga por una vida en la que podamos disfrutar de los placeres sencillos, compartir y relacionarnos más con los demás, y trabajar menos en el seno de una sociedad más igualitaria. Para ello, el decrecimiento plantea un imaginario alternativo que construye una nueva narrativa, al tiempo que propone estrategias y medidas políticas concretas.

Aunque no existe un programa político sistemático, los estudiosos y activistas del decrecimiento han propuesto diferentes medidas en una dirección común, que comparten con otros movimientos sociales y políticos. Las propuestas para frenar el daño medioambiental incluyen el establecimiento de límites máximos a la cantidad de recursos que se pueden extraer, a la extensión de tierra que se puede ocupar o a los ecosistemas que se pueden transformar; la eliminación completa de las subvenciones a industrias extractivas, actividades contaminantes, infraestructuras de transporte privado, tecnología militar, combustibles fósiles y minería a gran escala, y el desarrollo de las energías renovables a pequeña escala, descentralizadas y bajo control cooperativo, en lugar de macroestructuras concentradas bajo control empresarial. Entre las medidas políticas dirigidas a reducir la desigualdad económica están la creación de una renta básica universal, el establecimiento de una renta máxima y la creación de nuevas instituciones y políticas de bienestar, incluyendo un paquete garantizado de servicios públicos, asegurando que todas las personas tengan lo suficiente para vivir dignamente. Esto se financiará con una fiscalidad progresiva, con una tributación del 90 % sobre las rentas más altas, así como gravando con impuestos las herencias, la propiedad inmobiliaria, las viviendas vacías y la especulación. Las medidas relativas al trabajo implican el fomento del empleo en sectores de mayor valor humano como la sanidad y la educación, así como la creación de más puestos de trabajo para compartir entre todos, generados por la reducción de horas de trabajo por persona, lo que a su vez aumentará la proporción de actividad fuera de la relación capital-trabajo asalariado. Por último, será necesario impulsar medidas relativas al cambio de mentalidad de los consumidores, como la regulación de la industria de la publicidad, la promoción de la autolimitación o la reducción del consumo de bienes contaminantes.

Principales críticas al decrecimiento (y nuestras respuestas)

El decrecimiento, como cualquier otra propuesta radical, ha recibido críticas desde diferentes frentes: desde las perspectivas que cuestionan los puntos de partida hasta las que están de acuerdo con los puntos de partida, pero tienen dudas sobre la estrategia.

«El crecimiento económico y las emisiones de CO2 pueden ser desacopladas»

Algunos aseguran que el desacoplamiento y el crecimiento verde son posibles. Sin embargo, las ligeras tendencias de desacoplamiento observadas en algunas economías están muy lejos de la reducción de emisiones de un 8-10 % anual que se necesitaría en los países de rentas altas para descarbonizar la economía. Desde el decrecimiento defendemos la obviedad de que reducir las emisiones resulta más sencillo con menos crecimiento: combatir el cambio climático usando el crecimiento económico sería como intentar bajar por una escalera mecánica cuyos peldaños suben, mientras se acelera cada vez más. Cuanto menor sea el uso de energía y más pequeña sea la economía, más fácil será la transición hacia un sistema verdaderamente sostenible y menos impactos negativos se causarán en el camino.

«El crecimiento reduce la pobreza y la desigualdad, por lo que no podemos prescindir de él si queremos avanzar hacia una sociedad mejor»

Los datos hablan por sí mismos: en las últimas décadas, a pesar del espectacular crecimiento económico, en Estados Unidos sigue habiendo 40 millones de pobres y en el Reino Unido 11 millones. El 60 % más pobre de la humanidad percibe solo el 5 % de todos los ingresos generados por el crecimiento mundial, y en muchos casos, a pesar del incremento del PIB de muchas economías desarrolladas, la desigualdad se ha disparado. Por otro lado, desde los años setenta del siglo XX, aunque las economías desarrolladas no han dejado de crecer, sus índices de bienestar se han estancado. Además, el hecho de que los países de ingresos medios tengan una esperanza de vida similar o declaren niveles más altos de satisfacción que los de rentas altas refuta la idea de que, a mayor crecimiento, mayor bienestar. A partir de un determinado nivel de renta per cápita no es el crecimiento, sino las políticas adecuadas, las que tienen el poder de asegurar una vida buena para todos dentro de los límites planetarios. Por ello, el decrecimiento propone dejar de usar el PIB como medida de progreso, que poco nos dice sobre la igualdad, el impacto medioambiental o la felicidad, y sustituirlo por indicadores que nos digan si realmente estamos funcionando en la dirección correcta: reducir el rendimiento material y aumentar el bienestar social.

«El decrecimiento supone políticas de austeridad que deteriorarán el Estado de bienestar»

Decrecimiento no solo no es igual a políticas de recortes y austeridad, sino todo lo contrario: pretende fortalecer el Estado de bienestar. En una sociedad decrecentista, el consumo de energía y ciertos ámbitos como el financiero, el armamentístico o el publicitario de bienes de consumo innecesarios se contraerán, mientras que otros sectores como la educación, la sanidad o los cuidados prosperarán. El resultado de ello es el decrecimiento de la economía hasta un «estado estacionario» donde la economía se estabilice siendo al mismo tiempo socialmente sostenible, lo que dará lugar a lo que llamamos «sociedad decrecentista». Esta sociedad, lejos de estar guiada por la restricción, se orientará por la suficiencia: vivir con lo suficiente para que todos podamos vivir bien, sin seguir desestabilizando los sistemas planetarios. Vislumbramos una sociedad en la que todos vivamos modestamente en medio de una abundancia compartida, o lo que es lo mismo, una sociedad en la que vivamos mejor con menos.

«El término, aparte de no ser sexy, supondría el suicidio político del partido que lo promoviese.»

Desde perspectivas que están de acuerdo con los puntos de partida del decrecimiento, pero tienen dudas sobre su estrategia y viabilidad, se plantea en ocasiones que la negación del propio concepto de crecimiento se sitúa dentro de su mismo marco y podría paradójicamente reforzarlo. Desde el decrecimiento defendemos que el término supone una negación subversiva necesaria y útil, puesto que no trata de ocultar la naturaleza y la magnitud del desafío. La construcción de una masa crítica no puede hacerse sin abordar de frente el hecho de que la solución pasa por decrecer, puesto que estaríamos alimentando expectativas infundadas y retrasando medidas urgentes. Además, mientras que muchos otros términos, como «sostenibilidad », «economía verde», «economía circular» o «economía del bien común» han sido cooptados por las fuerzas del mercado para encubrir el statu quo del funcionamiento actual de la economía, resulta muy improbable que pueda suceder lo mismo con el decrecimiento. Respecto a su viabilidad política, no es necesario que un partido político haga del decrecimiento su lema central para tener su análisis y horizonte en mente. Aun así, cada vez son más los estudios electorales que demuestran su aceptación social: por ejemplo, según el Barómetro de consumo responsable en Francia, el 52 % de los franceses creen que hay que abandonar por completo el modelo basado en el mito del crecimiento infinito. El Presidente de Irlanda ya ha abogado explícitamente por una economía ecosocial de poscrecimiento.

«El decrecimiento ignora la cuestión del Sur global.»

sido muy cauteloso al no presentarse como una solución universal. Imponer el decrecimiento en el Sur global sería un error en dos sentidos: porque el Sur global tiene sus propias formas, ideas y cosmovisiones para «prosperar sin crecer», algunas ya desarrolladas y otras aún en potencia, y porque la mayoría de estos países no han alcanzado aún un uso de energía y recursos que garantice la satisfacción de las necesidades básicas de sus habitantes. Pero ello no significa que estos países deban tomar el relevo de los países industrializados: vemos necesario un aumento de su producción y consumo, pero un aumento con un límite a la vista. Así, el decrecimiento pretende liberar un espacio conceptual para que dichas poblaciones establezcan sus propias trayectorias hacia lo que definan como «vida buena ». Partiendo de este principio, una cuestión que se suele plantear es hasta qué punto un proyecto dirigido únicamente al Norte global puede realmente hacer frente al cambio climático en un mundo globalizado. La creación de alianzas transnacionales es imprescindible y por ello el decrecimiento se ha mostrado especialmente interesado en crear sinergias con aquellos movimientos y visiones que considera aliados naturales en el Sur global, tales como la justicia ambiental, el postextractivismo, el posdesarrollo y los pluriversos, así como con cosmovisiones localizadas como el Buen Vivir (América Latina), Ubuntu (Sudáfrica) o la Economía de la Permanencia (India).

La viabilidad del decrecimiento

La premisa de la que parte el decrecimiento —y que comparte con otras luchas sociales y ambientales— es que la realidad que conocemos y nos parece a menudo imposible de cambiar no está predeterminada, sino que cuando algo se reconoce como una crisis grave, muchas medidas que antes se calificaban como políticamente imposibles se vuelven repentinamente posibles y deseables. El mejor ejemplo lo tenemos con la propagación de la pandemia de la covid-19. Puesto que se entendían como necesarias para hacer frente a la crisis, se adoptaron medidas radicales, antes impensables: la economía se reguló, las horas de trabajo se redujeron, se inició una campaña internacional para aprobar un ingreso por cuidados, se consideraron o llevaron a cabo moratorias sobre alquileres, hipotecas y créditos, ciertos comportamientos sociales se limitaron, la sociedad cooperó, nuestras vidas se ralentizaron y el consumo material y el turismo depredador se redujeron.

Idealmente, la transformación sistémica que propone el decrecimiento sucedería de forma planificada, consciente y progresiva. Sin embargo, si no se reconfigura la economía para mitigar las crisis que se vislumbran en el horizonte, la falta de crecimiento supondrá impactos imprevistos, involuntarios y caóticos. Como capta el economista Peter Victor en la frase slower by design, not disaster, se trata de que la ralentización de la economía se produzca de forma planeada, en lugar de como producto del desastre. Cuantos más sólidos y rápidos pasos demos colectivamente hacia lo que realmente importa, que no es el PIB, sino la salud y el bienestar de las personas y del planeta, más posibilidades tendremos de que la transición ecológica se produzca con menores daños.

Al tiempo que cada vez una mayor masa crítica aprueba y apoya las premisas y objetivos del decrecimiento, el debate comienza progresivamente a virar hacia cómo convencer a nuestros dirigentes de la necesidad de actuar. Los estudiosos y activistas del decrecimiento creemos que un cambio radical puede organizarse y llevarse a cabo en el seno del sistema de democracia parlamentaria. Sin embargo, eso no significa que confiemos en que las élites gobernantes vayan a iniciar la trayectoria política decrecentista de forma espontánea. Incluso aunque hubiera formaciones políticas dispuestas a hacerlo a día de hoy, estas se encontrarían limitadas por complejas redes de poder nacionales y transnacionales que tratarían de impedir por todos los medios que sus intereses se vieran afectados en nombre de un bien común más amplio.

Para ser viables, las políticas decrecentistas requerirán de transformaciones institucionales profundas que deberán producirse a través de un cambio coevolutivo, es decir, un tipo de cambio no repentino, a veces imperceptible, que se produce simultáneamente en diferentes esferas que interactúan y se modifican entre sí. En ocasiones, las condiciones ambientales, u otras crisis tales como la covid-19, harán posibles algunas políticas que tan solo un poco antes habrían sido impensables, lo que a su vez podrá activar cambios más profundos en los valores y prioridades de la sociedad, así como en aspectos organizativos y estructurales más amplios.

Para impulsar este complejo cambio sistémico, los estudiosos y activistas del decrecimiento coincidimos muy mayoritariamente en el rechazo de los medios violentos y abogamos por la acción no violenta y la desobediencia civil desde abajo. Además de la implicación directa en luchas políticas, los actos cotidianos de rechazo y la organización contra la sociedad capitalista neoliberal también son revolucionarios en cuanto que contribuyen a cambiar el «sentido común» del crecimiento. Ejemplos de ello son el surgimiento de monedas locales sociales, huertos urbanos, cooperativas de vivienda, grupos de consumidores, bancos de tiempo o mercados de trueque. Todos estos movimientos de base, experimentos y prácticas cotidianas comunitarias y cooperativas van tejiendo una red que conforma una economía social y solidaria alternativa y que articula la base social necesaria para que un cambio de rumbo en la esfera política sea posible.

La doble estrategia del decrecimiento se despliega, pues, tanto en el plano material, mediante esfuerzos por ocupar la esfera política y el impulso de alternativas tangibles, como en el plano de las subjetividades e imaginarios sociales. Son las dos caras de una misma moneda.

Prosperidad sin crecimiento: una batalla cultural

La idea de prosperidad sin crecimiento va en contra de las lógicas alimentadas durante décadas por la cultura popular, los medios de comunicación y los sistemas educativos alrededor de la competición, la autorrealización individual, el consumo exacerbado y la persecución de lo ilimitado. Mensajes y símbolos han configurado silenciosamente las expectativas, los sueños y las ambiciones de muchas personas hacia vidas guiadas por las poderosas asociaciones entre éxito y crecimiento, entre confort y riqueza, o entre prestigio y consumo. Se trata de estructuras cognitivas fuertemente arraigadas en el imaginario colectivo, que en España se consolidaron con el desarrollismo a partir de los años sesenta del siglo XX. El bombardeo emocional y cognitivo ha sido tan brutal que la sociedad que menos crece parece entenderse como sinónimo de la que peor vive, la más inculta, la más retrasada o la más corrupta.

La batalla cultural por desvincular el crecimiento económico de los conceptos de progreso, desarrollo y prosperidad en la mente de las personas es, como vemos, la lucha que impregna todo el proyecto decrecentista. Producir un discurso contrahegemónico frente a estructuras cognitivas tan consolidadas no es un trabajo fácil. Seguramente, para deshacer estas tóxicas asociaciones hacen falta diversos lenguajes y narrativas simultáneas que coexistan con formulaciones más radicales. Por ejemplo, los conceptos de «transición ecosocial» o «Nuevo Pacto Verde» pueden funcionar mejor de cara a determinado electorado, al mismo tiempo que la formulación de «decrecimiento» va contribuyendo a romper capas de aquel «sentido común» construido alrededor del crecimiento.

Por otro lado, las lógicas cotidianas del sistema capitalista nos impiden muchas veces ser capaces de vislumbrar otras direcciones posibles, otras alternativas mejores. Nos encontramos con frecuencia sumidos o bien en un estado de anestesia y cansancio profundo, causado por un sistema que no deja tiempo para pararse a pensar críticamente, o bien en un estado de ansiedad y depresión, causado por los datos sobre el cambio climático y las injusticias globales. Aparte de desactivar la movilización y participación en estructuras alternativas, lo más preocupante de esto es que perpetúa las lógicas sobre las que se sustenta el actual sistema socioeconómico —sin las cuales quizá se derrumbaría rápidamente—.

La ambiciosa tarea de construcción de significados y sentires en las mentes de las personas hacia una sociedad decrecentista puede entenderse como el proyecto de expansión de una cultura de límites y de suficiencia. Dicha expansión requiere una inversión, no solo en investigación, sino también en comunicación pública y en educación, que a su vez se retroalimenta con las prácticas y movimientos de base que funcionan como early adopters (pioneros). Así, a medida que aumenta la conciencia social sobre la insostenibilidad, la injusticia y la desigualdad del sistema económico actual van floreciendo itinerarios más comunitarios, más solidarios, más inclusivos, más sostenibles, más sosegados. Los hábitos y modos de pensar hegemónicos se van desaprendiendo a través de la experimentación de prácticas cotidianas alternativas, al tiempo que inspiran a más personas a adoptar una actitud reflexiva ante las lógicas de autolimitación. Entre los jóvenes, que se enfrentan a una mayor precariedad y malestar con respecto al futuro, cobra cada vez más importancia la ética y la autorrealización ligada a la capacidad de producir un impacto social positivo, así como a estilos de vida que abrazan valores posmaterialistas. Poco a poco, las personas van abandonando la actividad frenética y el tiempo acelerado para sustituirlos por procesos lentos y localizados, redes de intercambio comunitarias, sistemas con elevados flujos de solidaridad y creatividad, actitudes de cuidado de la naturaleza y de las personas y formas de disfrute de lo pequeño.

A través de este proceso coevolutivo, las semillas de un cambio sistémico germinan y el imaginario hegemónico se desquebraja poco a poco. En este proceso, el decrecimiento —como concepto, teoría y movimiento— ofrece un marco alternativo para pensar, actuar y sentir que nos haga, realmente, florecer como sociedades